Emilia Pardo Bazán - Lluna Roura

Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña el 16 de septiembre de 1851 y falleció en Madrid el 12 de mayo de 1912. Era de una familia de clase alta, de hecho fue condesa de Pardo Bazán de 1908 hasta 1916 cuando solicitó el II condesa pontificia de Pardo Bazán. Su padre, José María Pardo Bazán y Mosquera, había ostentado el título de I conde pontificio de Pardo Bazán
Fue tanto novelista como poetista, dramaturga e incluso traductora. Desde pequeña tuvo interés por la literatura, leyó los grandes de la literatura. Se casó a los 16 años con José Quiroga y Pérez Deza. Lo más desatacble es que fue quien introdujo el naturalismo en España. Lo hizo con la publicación de unos artículos en la revista La Época sobre Émile Zola que se recopilaron en La cuestión palpitante. En esta obra se critica algunos aspectos del naturalismo como, por ejemplo, el determinismo. Este hecho provocó una gran polémica. 

Fue una gran defensora del feminisimo. Una de sus obras en la que refleja esta ideología es La Tribuna. Cuenta la historia de una mujer obrera que lidera las revoluciones del ploretariado y describe como es el ambiente de trabajo en una fábrica. En 1876 se publicó su primera obra, Estudio crítico de las obras del padre Feijoo, un ensayo sobre él por el que ella tenía gran admiración. De tanto que lo admiraba, en 1890 creó el Nuevo Teatro Crítico, revista social y política, y la tituló en homenaje a él.  En 1876 también, publicó su primer poemario, Jaime, dedicado a su hijo recién nacido. Al morir su padre, su obra fue marcada por el simbolismo y el espiritualismo. Esto se puede ver en varias obras como Una cristiana (1890) o La sirena negra (1908). Sin embargo, su obra más conocida es Los Pazos de Ulloa (1886). Esta obra ambientada en la Galicia profunda y muestra diferentes aspectos del naturalismo.

Fragmento de Los Pazos de Ulloa
El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años: alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho, cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o colono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco de grosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón, viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad, de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por lo que hace al tercer cazador, sorprendiose el jinete al notar que era un sacerdote. ¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borrada por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues los duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad; menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era semejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unas botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las arrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el sello formidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infierno consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire y posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía duda: era un sacerdote.

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